Día 1

La aventura comenzó en el aeropuerto de Kahiltna, donde no era más que una larga planicie de nieve donde la avioneta nos dejaba a la deriva para emprender nuestro rumbo. A inicios de mayo, la temporada recién comenzaba, siendo alrededor de 20 personas las que compartíamos la montaña, japoneses, españoles, ecuatorianos, polacos, distintas personas de todo el mundo nos reuníamos con un mismo objetivo. Cargamos las mochilas, ajustamos los trineos, hicimos un depósito y nos encordamos para comenzar nuestra larga caminata por las tierras gélidas de Alaska. La montaña nos recibió con una noche helada que rondaba los -20 grados, donde armamos un campamento improvisado para descansar y continuar al día siguiente al campamento que se sitúa a 7700 pies de altitud.

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DANDO COMIENZO A LA AVENTURA  / foto Ignacio Hermosilla

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NACHO Y LA VIVI PREPARANDO LA CENA  / foto Víctor Zavala

Día 2

Un sol radiante nos acompañó durante la jornada del segundo día, donde solo el hecho de estar ahí y ver el paisaje que nos rodeaba era motivo suficiente para arrastrar 50kg de carga, dejar el cansancio de lado y comenzar a disfrutar del viaje. Una vez que llegamos al campamento de 7700 pies, construimos una cocina y un baño para nuestra comodidad, la energía en el equipo predominaba, el tiempo era agradable y todo iba de acuerdo al plan, por el momento.

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PRIMER DEPÓSITO A 9400 PIES  / foto Víctor Zavala

Día 3

El tercer día nos tocaba nuestro primer porteo, el plan era subir hasta los 9400 pies, pasando por un sector denominado “Ski hill”, dejar la mitad del peso haciendo un depósito, para luego bajar esquiando hasta nuestro campamento de 7700, esto con el objetivo de mover toda la carga más fácilmente y no desgastarnos llevando toda la carga en una sola jornada.

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RUMBO AL CAMPAMENTO DE 11.000 PIES / foto Víctor Zavala

Día 4

El objetivo del cuarto día era moverse desde el campamento de 7700 hasta los 11.000 pies, en donde comenzamos con un cielo despejado que poco a poco se fue desvaneciendo para terminar los últimos kilómetros con visibilidad reducida y una nevada que nos mantuvo 3 horas paleando para poder armar el campamento.

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CAMPAMENTO A 11.00 PIES  / foto Víctor Zavala

Día 5

Teníamos que volver a los 9400 pies a buscar todas las cosas que teníamos en el depósito, especialmente la comida, pero las condiciones no eran óptimas, por decir poco. Luego de discutirlo entre los cuatro y evaluar la situación, decidimos quedarnos en la carpa y tomarlo como un día de descanso. Leer, escribir, tocar la armónica y escuchar al Nacho relatar un libro fueron nuestras principales entretenciones. 

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EL VIENTO BLANCO NOS CONSUMÍA LENTAMENTE / foto Víctor Zavala

Día 6

Visibilidad nula y viento blanco, pero no quedaba otra, teníamos que movernos, bajar desde los 11.000 a los 9400, desenterrar el depósito y volver al campamento de 11.000. Narices y pestañas congeladas, a medida que bajábamos, cada ciertos metros enterrábamos varillas de bambú, con el objetivo de orientarnos físicamente en el retorno. Las dimensiones se perdían, la profundidad y distancia dejaban de ser referentes y el blanco nos consumía lentamente, la única comunicación que teníamos entre nosotros era la tensión de la cuerda, mientras que las palabras quedaban a merced del viento.

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RETORNANDO DE » WINDY CORNER »   / foto Víctor Zavala

Día 7

Una semana de expedición, la energía que rebosaba al comienzo comenzaba a eclipsarse, pero quedaba un largo camino todavía. El séptimo día hicimos un porteo a “Windy Corner”, comenzando con una fuerte pendiente en el primer trayecto, para luego ceder en cierta manera. Las grietas imponían su presencia desde que nos bajamos de la avioneta, mientras que otras se ocultaban sigilosamente, en donde más de uno de nosotros quedó con un pie colgando en el vacío y otro en tierra firme.

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DENALI / foto Víctor Zavala

Día 8

Descanso

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ALGUNAS GRIETAS RUMBO AL CAMPAMENTO DE 14.000 PIES  / foto Víctor Zavala

Día 9

Ganando altura y con un sol resplandeciente, logramos ver todas las montañas que teníamos a nuestro alrededor, Hunter, Foraker o Crosson por mencionar algunos. formaban un manto blanco que no parecía tener un final. Llegamos a Windy Corner y sacamos el depósito, para así llevar toda nuestra carga al campamento de 14000 pies. Desde aquí comenzó el festín de grietas, el cansancio nublaba el objetivo pero no teníamos muchas alternativas, llegando recién a las 9 de la noche a armar campamento y dar el día por terminado.

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EVALUANDO SI DESCENDEMOS O NO DEL CAMPAMENTO DE 16.400 PIES / foto Víctor Zavala

Día 10

Fue un día clave, si bien descansamos en el campamento, decidimos que íbamos a separarnos por la seguridad de todos, el Nacho y la Vivi irían por la ruta normal, conocida como West Buttress, mientras que el Seba y yo mantendríamos el plan original, la West Rib.
Al día siguiente, el Nacho y la Vivi intentarían alcanzar la cumbre, saltándose el campamento a 17.000 pies. Mientras que nosotros teníamos que acampar a los 16.400 para luego alcanzar la cumbre. Claro que era más arriesgado, ya que se avecinaba una tormenta que no perdonaría en caso de encontrarnos en las alturas.

Día 11

Con el Seba despertamos a las 5 de la mañana para dar comienzo al ascenso a las 7, mientras que el Nacho y la Vivi habían emprendido rumbo hace unas horas. Después de una larga pendiente de nieve, nos topamos con una grieta de al menos 30 metros de ancho, tenía un puente de nieve muy dudoso, pero ¿Qué opción teníamos? Cada paso era más inseguro que el otro, en cualquier momento sentíamos que todo iba a colapsar.
Una vez que llegamos al campamento de 16400 y aplanamos el pequeño terreno, la incertidumbre se posó sobre nuestras cabezas ¿Deberíamos bajar? ¿Estamos tomando la decisión correcta? Mientras el viento nos movía con fuerza, pedimos el reporte del tiempo para sacarnos las dudas. En menos de 24h la tormenta sería protagonista, alcanzábamos a hacer cumbre pero era muy probable que quedáramos atrapados en la carpa con rachas de 100 km/hr y sin comida durante 3 días. ¿Es posible realizarlo? Sí, pensábamos con el Seba. ¿Es necesario? Probablemente no. Hora de descender.

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EN MEDIO DE LA TORMENTE EN EL CAMPAMENTO DE 16.400 PIES / foto Sebastián Peréz

Llegando de vuelta al campamento de 14000 pies, nos encontramos con el Nacho y la Vivi, que si bien no habían alcanzado la cumbre, no tuvieron accidentes ni mayores novedades. Muchos no tuvieron esa suerte, donde presenciamos varios casos de congelaciones tanto en las manos como en los pies. Tatsuto y Reo, 2 amigos japoneses, habían ayudado al Nacho a construir nuestra fortaleza. Cortando la nieve con una sierra, formaron innumerables bloques para apilarlos unos sobre otros y tener una muralla para las fuertes rachas de viento que se aproximaban.

 Días 12, 13,14

Los 3 días que siguieron nos mantuvimos encerrados en nuestras carpas. El viento soplaba, la nieve caía, el frío calaba y la tormenta no cedía. La montaña nos estaba poniendo a prueba, el arte de la paciencia.
Sacar la escarcha interior de la carpa, comer, conversar, leer, escribir, escuchar música, derretir nieve y observar el techo de la carpa de manera indefinida eran algunas de nuestras actividades cotidianas.
Un gran imprevisto que tuvimos fue con algo tan natural como ir al baño, tocaba cambiar la bolsa del balde de caca, pero se había congelado por completo. Probé picar los bordes con palos de bambú, luego con estacas mientras le tirábamos agua hirviendo, pero nada daba resultado. Al fin y al cabo, luego de 2 horas y media mientras me congelaba afuera de la carpa, terminé usando la sierra de nieve para aserruchar el bloque de caca congelado y poder resolver el problema.

 

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11PM , COMENZANDO EL INTENTO A CUMBRE CON SEBASTIÁN PÉREZ / foto Ignacio Hermosilla

Día 15

Las nubes se dispersaron y el horizonte se despejó, durante la tarde el Nacho y la Vivi comenzaron a ascender al campamento de 17000 pies, pero al par de horas ya se encontraban de regreso, la chispa que los animaba a seguir adelante día a día se había extinguido, era hora de comenzar el descenso.
Por otro lado, a las 11 de la noche del mismo día, con el Seba iniciábamos nuestro intento a cumbre en una sola jornada, saltándonos el campamento a 16400, subiendo por la West Rib y bajando por la ruta normal, casi 2000 metros que ascender, estimando 18 horas seguidas.
Tornillos, cuerdas, piolets, mosquetones, cintas, Friends, stoppers y con toda la parafernalia colgando de nuestros cuerpos, dimos comienzo al ascenso, donde a las pocas horas, a 17000 pies, nos topamos con Tatsuto y Reo, el dúo nipón que nos acompañaría durante casi todo el ascenso.

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PRIMERAS HORAS DE ASCENSO HACIA LA CUMBRE DEL DENALI / foto Víctor Zavala

Escalando en simultáneo, superamos las secciones más complejas de escalada en hielo y roca, para luego estar horas en una pendiente moderada de nieve que nos quitaba el aliento en cada paso que dábamos. Las piernas y los pulmones ya no daban, perdimos un termo con casi toda mi agua, los descansos se hacían más frecuentes y la cumbre se ponía en duda cada minuto, lo único que nos movía era la mente.
Llegando a un plano y con la cumbre a la vista, a pesar del agotamiento físico, era difícil dar media vuelta y desistir del objetivo. Abandonamos las mochilas para ir algo más livianos y dar nuestro último esfuerzo, los minutos parecían horas y la cumbre parecía alejarse de nosotros.

Después de 18 horas, lo habíamos logrado, estábamos en lo más alto de América del Norte, aunque la verdad no lo disfrutamos tanto, 5 minutos y nada más, estábamos agotados y nos preocupaba todo el descenso que restaba.

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CUMBRE DENALI  / foto Víctor Zavala

Comenzando el descenso, los japoneses estaban por alcanzar la cumbre, compartimos un par de palabras y continuamos nuestro rumbo. Pasaron las horas y nuestra situación era crítica, yo estaba que me desmayaba de la fatiga y el Seba algo mejor físicamente, pero con alucinaciones y confundiendo algunos objetos. Nos detuvimos en el campamento de 17.000 pies, el Seba fue a ver si había alguna persona que nos diera agua o bien una carpa para descansar, mientras, yo me sentaba en una roca cerrando los ojos pero tratando de no quedarme dormido para no congelarme. No había nadie, estábamos solos.
Tenemos dos opciones, dice Sebastián, “o armamos una cueva en la nieve y dormimos algo, o te pones las pilas y hacemos lo último que nos queda”. Tratando de convencerme a mí mismo le dije, ya, ahora sí, vamos que ya no queda nada, mientras me derrumbaba por dentro.
Increíblemente, fue como si me hubieran reiniciado, cambié la mentalidad y estaba de vuelta. La última sección era un filo expuesto y luego solo quedaba deslizarse por las cuerdas fijas, donde luego de 25 horas volvimos a lo que ya considerábamos nuestro hogar, con la linda sorpresa que el Nacho y la Vivi nos habían dejado una olla llena de agua.

Día 17

A la mañana siguiente, me encontré con Reo, con la sorpresa que su amigo no había tenido la misma suerte que nosotros, durante el último tramo de la bajada, un paso erróneo cambió su destino, cayendo 300 metros por una ladera de nieve y hielo de sesenta grados. Reo trató de comunicarse con él a gritos, pero no recibía respuesta alguna, bajó para informar lo sucedido y comenzaron el protocolo de rescate.
Luego de saber esta noticia, desperté al Seba para comentarle lo sucedido, reflexionando durante un largo tiempo, nosotros pudimos haber pasado por la misma situación, cualquiera de los dos.
Ese día nosotros teníamos que descender lo más posible, por lo que nos despedimos de Reo y llegamos hasta el campamento de 11.000.

DE IZQUIERDA A DERECHA

VÍCTOR ZAVALA , REO FUKUDA , TATSUTO HATANAKA Y SEBASTIÁN PÉREZ

foto Sebastián Pérez

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Día 18

El Nacho y la Vivi estaban por llegar a la avioneta, donde nos esperarían.
A nosotros nos quedaba todo el descenso esquiando con los trineos, que si bien fue muy entretenido, en mi caso no estuvo exento de dificultades, recién estaba aprendiendo a esquiar y aquí tenía que ir con peso en la espalda, un trineo fuera de control y todo mientras vas esquivando las grietas.

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DESCENDIENDO EL DENALI ESQUIANDO / foto Víctor Zavala

Día 19

Ya reunidos con el Nacho y la Vivi, el sol se alzaba en el cielo, anunciando el fin de nuestra estadía en la montaña.
Por otro lado, recibimos noticias de Tatsuto, dicen que cuando el helicóptero pasó cerca de él, se levantó por un segundo y volvió a caer, tenía todos los dedos de las manos, pies y cara congelada, pero había sobrevivido.
Recibida esta noticia, podíamos irnos algo más tranquilos de la montaña que nos recibió con frío, dudas, congelaciones, fatiga, accidentes, viento blanco e incertidumbre durante los 21 días de esta expedición, en donde me di cuenta de que nuestras limitaciones son solo el punto de partida para lo que realmente somos capaces de lograr. Nuestras mayores conquistas a menudo provienen de desafiar lo que creemos posible, pero ¿Cuánto estamos dispuestos a arriesgar?

Relato / Víctor Zavala / Embajador Julbo Chile